(Publicado en el semanario Hildebrandt en sus Trece del 28 de junio de 2019)

Una mañana de viento helado, Elvis Atachagua Ursúa sale a recorrer con pasos cansinos los devastados barrios de Morococha, la ciudad espectral que Chinalco, la minera que explota el proyecto Toromocho en Junín, quiere desaparecer de una vez por todas. Las pocas viviendas que permanecen en pie, pronto serán derruidas por la estatal china, que continúa la explotación al tajo abierto pese a que hay familias viviendo cerca de su área de operaciones. Mientras sube a la oficina del Frente de Defensa, el morocochano de 39 años mira con desconsuelo las casas caídas y los jirones arrasados. Es un escenario robado a una posguerra. Aunque la guerra de Elvis y sus vecinos recién comenzará, porque la minera amenazó con el corte definitivo de la energía eléctrica para espantar, por fin, a los últimos sobrevivientes del reasentamiento minero.

Elvis Atachagua junto a su casa de Morococha. Todas las demás han sido derruídas.

Mientras camina, Elvis oye a lo lejos el sonido metálico de un parlante con la señal de Radio Carhuacoto, una frecuencia que, música de por medio, replica los mensajes de la minera. Es la única emisora que pueden escuchar desde que en el 2012 empezó el traslado a la nueva ciudad de Carhuacoto. Y aunque siempre hubo familias que se resistieron a salir, porque quieren un precio justo por dejar sus viviendas y sus recuerdos, Chinalco ha logrado hacerse de las 34 hectáreas de terreno de la antigua ciudad en complicidad con el Gobierno. Estas tierras pertenecían a la Municipalidad de Morococha, luego de recibirlas en donación de Centromín Perú en el 2003. La idea era titular las propiedades a favor de los pobladores, pero el tiempo pasó y no hubo formalización. Cuando Chinalco tuvo que forzar el reasentamiento para iniciar la explotación, buscó las maneras de adueñarse de las tierras. En el 2014, sin éxito, lo intentó con una prescripción adquisitiva, pero su oportunidad de oro llegó en noviembre de 2017, cuando se publicó una modificación a la Ley de Expropiaciones hecha a medida: el artículo 49 prohibía las posesiones en zonas de emergencia, que incluía zonas como Morococha, y las 34 hectáreas de su territorio pasaron a custodia de la Superintendencia Nacional de Bienes Estatales. Cuatro meses después, Activos Mineros SAC pidió expropiar estos terrenos y, el 18 de abril de 2018, transfirió a Chinalco toda la ciudad por la bagatela de 1,8 millones de dólares. Con la ciudad en sus manos, Chinalco empezó a demoler las viviendas, dejando en pie solo las casas de los sobrevivientes que denunciaron el hecho asegurando que Centromin donó las tierras a los morocochanos y que ellos eran los legítimos dueños. Así, el último 29 de enero, el Frente logró que el Juzgado Mixto de La Oroya, le otorgue una medida cautelar a su favor porque la trasnacional había vulnerado la misma norma de expropiaciones, que señalaba que “el beneficiario de una propiedad expropiada solo puede ser otra entidad del Estado, nunca un privado”. Otra cosa que pesó es que Chinalco destruía las viviendas pese a que se había comprometido a la adquisición de predios de manera “armónica” en una reunión con el Ministerio de Energía y Minas apenas 7 meses antes.

Morococha, hoy. Es una ciudad devastada con solo algunas casa en pie. Escena de posguerra.

En la desolada avenida Pfluker, la reputada cocinera Marisol Caro, asegura que la minera continúa con los hostigamientos. “Ellos dicen que es su propiedad y debemos irnos. Se llevaron a mi esposo a la comisaría de Carhuacoto por defender nuestra vivienda cuando los empleados de Chinalco intentaron derrumbarla. Mi hijo ha terminado con traumas”, narra. En la misma calle vive Gladys Yauri, a quien le cerraron la casa con candado mientras había salido a trabajar fuera. “No quieren darnos trabajo, a mi hija también la sacaron porque somos una familia que no se ha reasentado”, dice. Ambas familias alimentan cerdos en pocilgas levantadas al costado de sus casas. En esta ciudad derruida es común ver hambrientas piaras deambulando por las calles. Están en todos lados: en remotos basurales, en callejuelas desechas o durmiendo en las casas abandonadas. Los últimos morocochanos conviven con los chanchos para sobrevivir a la pobreza.

Los últimos morocochanos crían cerdos para no sucumbir a la pobreza.

Sin trabajo, la mayoría de sobrevivientes realiza labores eventuales para conseguir algo de dinero. Como Luz Torres Navarro que nació en Morococha hace 49 años y permanece en su casa del barrio Yankee Bajo lavando ropa o vendiendo comida en las localidades cercanas. Dice que no tiene a dónde ir. Otros, esperan tener un acuerdo con la minera antes de morir, como Visitación Pretel Gutiérrez, de 79 años, que sufre de diabetes, osteoporosis, colesterol alto y mediana sordera. “Yo aguanto porque mi casa me la quieren comprar solo en 12 mil soles. A los inquilinos les dieron casas y a nosotros, los propietarios, nos quieren dar migajas”, dice en su vivienda rodeada de los escombros de las casas de sus vecinos.

Luz Torres Navarro sobrevive en Morococha lavando ropa o vendiendo comida.
Visitación Pretel Gutiérrez espera que la minera le pueda dar buen precio por su vivienda.

Más al sur, en el barrio Morococha Nueva, una sola casa hace flamear una marchitada bandera peruana. Es la vivienda de madera y techos de calamina de doña Vicenta Paucar de Cuba, que vive aquí hace 81 años. “Mis hijos han nacido aquí y ahora no tienen ni trabajo, tuve que salir un tiempo porque mi esposo enfermó justo cuando Chinalco empadronó a los beneficiarios, cuando volví, no quisieron reconocer mis derechos, pero no tengo miedo, aquí moriré si es necesario”, cuenta. Unas lágrimas ruedan por su mejilla agrietada. A su lado, su hija, Nidia Cuba Paucar, se pregunta después de consolarla. “¿A dónde nos podemos ir si este es nuestro pueblo?”.

Vicenta Paucar y su nieta Nidia Cuba seguirán entre escombros hasta que les ofrezcan beneficios.

Jack Fuster Calderón, presidente del Frente de Defensa del distrito de Morococha, asegura que la próxima estrategia de la minera para sacarlos de su pueblo es cortar la energía eléctrica. El 14 de mayo, la empresa Electrocentro sacó una resolución atribuyéndole a Chinalco la titularidad del suministro (N°71301363) que estaba en poder de la Municipalidad. La empresa eléctrica asegura le dio la razón a la trasnacional porque posee el título de propiedad que había logrado gracias a Activos Mineros, pero le negó el pedido de cortar el servicio. Sin embargo, la minera no está preocupada. Hay una deuda acumulada de tres meses que los pobladores no pueden pagar, así que el corte por falta de pago será inevitable.

Jack Fuster alerta sobre las intenciones de la minera de cortar la energía eléctrica.

Elvis no se imagina vivir en tinieblas. La soledad se puede combatir con ruido: una radio, un televisor, un celular. Pero cuando corten la luz está seguro que más pobladores desertarán. Su vecino del barrio Nueva Esperanza Rolando Jerónimo Chora, 21 años en Morococha, asegura que siempre los chantajean para sacarlos del lugar. “Tenemos derecho a los servicios básicos y con este nuevo chantaje, cada vez seremos menos”, reafirma. Algunos chanchos que buscan comida cruzan por la calle, un perro escuálido se pierde por las ruinas. Salvando su tímida tartamudez, Elvis cuenta que se convirtió en el secretario de actas del Frente cuando la minera no quiso dialogar con ellos. “Ellos pretenden despojarnos uno a uno y nos quieren llevar a la nueva ciudad que fue construida en un lugar pantanoso”, reclama. El también técnico de informática, aún recuerda que vieron por televisión cuando en Palacio de Gobierno, en junio del año pasado, el presidente Martín Vizcarra confirmó ante los medios de prensa que la minera china incrementaría su inversión en US$ 1,355 millones, aparte de los 4476 millones invertidos hasta la fecha. “Estos ingresos serán dirigidos para obras sociales”, señaló el mandatario, en una conferencia de prensa acompañado por Ge Honglin, director ejecutivo de Chinalco, quien, traductor de por medio, señaló que subirán la extracción de 117 mil a 172 mil toneladas por día.

“Si cortan la luz, más pobladores se irán”, dice Rolando Jerónimo Chora.

Antes de que caiga la tarde, los sobrevivientes se juntan para jugar un partido de fulbito en una de las calles abandonadas. Solo quedan 40 personas de las más de 5 mil que vivían en el 2007, cuando comenzó la explotación. Poco a poco, el Estado ha ido abandonado a esta población. Mujeres, ancianos y niños, viven como fantasmas. Aunque de vez en cuando, cuando llegan periodistas, como hoy, el personal del Centro de Salud de Carhuacoto llega para vacunar a los niños. Hoy, domingo. Hoy también, los policías de la Dinoes que suelen vigilarlos, se subieron a un vehículo de la minera y no volvieron hasta que se fueron los reporteros. Pero ya están acostumbrados. En todos estos años no retrocedieron ni por la pobreza que los agobia cada día con más fuerza, ni por la renuncia de Máximo Díaz, presidente del Frente, que en diciembre pasado se dejó convencer por la minera y los abandonó a su suerte.

Morococha convertida en una ciudad en ruinas. Es el desarrollo con rostro de minería.

Elvis detiene un momento la pelota. Y morigerando su voz para que no suene a ofensa, nos suelta la pregunta que le estaba rondando la cabeza todo el día:

—¿Están seguros que ustedes no se van a dejar comprar por la minera, no?

Los últimos morocochanos en una ciudad que alguna vez fue próspera.

 

 

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