“La libertad, cuando comienza a echar raíces, es una planta de rápido crecimiento (George Washington)

Por: Pedro Ricce 

¿Cuánto creció en 200 años? La pregunta es inevitable. Nuestros ancestros clamaron y juraron la libertad, muchos de ellos apenas se atrevieron fueron masacrados. En memoria de ellos, cantamos “somos libres seámoslo siempre”. Somos herederos de dicha hazaña, la  “Ciudad Incontrastable” es nuestro orgullo.

¿Cuál es la concepción de libertad por la que nuestros padres se sacrificaron?

Hemos repetido desde los griegos que la libertad es “la capacidad que posee el ser humano de poder obrar según su propia voluntad, a lo largo de su vida; por lo que es responsable de sus actos”, y el hombre libre es el único capaz de la democracia, pero para los griegos no todos lo eran; las mujeres, los niños, los esclavos, los míseros y los extranjeros no lo eran.

Los hombres libres eran aquellos que: a) tenían nombre (reconocimiento social), b) riquezas en abundancia (autonomía económica), c) poseían la educación (privilegio de pocos) y d) belleza (salud y comodidades). En ausencia de una de estas características era imposible denominarse “hombre libre” y aún menos ejercerla, es decir, no podía ser parte de la democracia. Sólo el hombre libre podía elegir y ser elegido, los demás, no.

La Revolución Francesa hizo popular la liberté y pretendió promoverla para todos sin distinción de raza, género, origen, lengua, credo, etc. Consideraba el sueño o la pretensión que todos “seamos libres”, ya que no había la duda de haber nacido para serlo.

Somos herederos de ese desafío:  a) el derecho al nombre propio, a la identidad, a la integridad, etc.; b) el derecho a un trabajo digno, con salarios justos, que nos brinde autonomía económica, etc.; c) el derecho a la educación gratuita y obligatoria – por lo menos lo suficiente para ejercer la ciudadanía y; d) el derecho a la vida, a la salud y al bienestar físico, psicológico, social y ambiental.

El hombre reducido al hambre, a la ausencia de conocimiento, a la discriminación y exclusión, es presa fácil de la manipulación y la destrucción de su responsabilidad sobre sus actos. Esas son cadenas de cuya liberación somos todos responsables

Nos auguramos felicidades por el bicentenario de la proclama de nuestra independencia. Conmemoramos y festejamos como si le diera un sentido y un destino a nuestra existencia. ¿Gozamos todos los derechos que nos hacen hombres libres? ¿Cuánto libres somos?

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Nuestra democracia presupone que “todos los hombres (varones y mujeres) somos libres”, entre los 18 y 65 años; que obramos por nuestra propia voluntad y somos responsables de nuestros actos. Una belleza de independencia, sin duda, una maravilla.

Eso presupone que entre nosotros no hay miseria, ni analfabetismo y gozamos de un sistema de salud que nos protege a todos sin distinción alguna; porque si alguno padeciera uno de los impedimentos para ser hombre libre, esta no sería, no podría ser una democracia.

Los mismos griegos decían que la amistad – la relación en igualdad del tú a tú – que permite la democrática, es imposible entre un mísero, o analfabeto, o enfermo y un hombre libre; ya que el primero necesita el auxilio, las migajas, la sapiencia del segundo, y el segundo la adulación del primero; así se pervierte la libertad.

El hombre reducido al hambre, a la ausencia de conocimiento, a la discriminación y exclusión, es presa fácil de la manipulación y la destrucción de su responsabilidad sobre sus actos. Esas son cadenas de cuya liberación somos todos responsables. Nadie puede ser libre solo, o somos libres todos o ninguno alcanzará la libertad. “Quien quiera ser libre rompa sus cadenas y la de los demás”

La celebración expresa el camino recorrido, el crecimiento alcanzado, pero también el desafío del futuro; el instante de la consciencia de la responsabilidad que heredamos. ¡Que un día todos seamos libres! ¡Que nuestra alegría sea equivalente a nuestro compromiso por la libertad!

Kushikuśhun wankamasiikuna, 200 wataña qishpichiśha kaśhanchiklayku.

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